Logo

Página Principal del Club Maratón Rioja

Crónica del viaje a Barbastro

Domingo, 1 de octubre de 2006

Al trote por el Somontano

De nuevo el Club Maratón Rioja, transportado por Autobuses Jiménez, viajó allende Logroño los días 30 de septiembre y 1 de octubre de 2006, para desgastar sus zapatillas por una de las rutas que se ofrecen a los corredores populares de fondo. Como en otras ocasiones, que ya van sumado una cifra que comienza a parecer signo de costumbre, ha sido un fin de semana familiar, teniendo el viaje, además de la vertiente deportiva, otra cultural. Por ambas vertientes se alimenta el caudaloso río de amistad que fertiliza al club.

Esta vez el destino ha sido Barbastro, elegido por ser principio y fin de un medio maratón de ida y vuelta por una ruta lineal, carretera flanqueada por bodegas. Tengo la impresión de que a finales de septiembre los corredores no están en su mejor estado de forma, o no les conviene apurar sus fuerzas, pues buena parte de los que hicieron completa el sábado por la tarde la carrera llamada Ruta del Vino del Somontano tardaron más de lo que en ellos es habitual. No obstante, estas fechas del otoño incipiente son buenas, como todas, para las excursiones que nuestros entusiastas directivos preparan. Aciertan hasta con el clima. Un acierto fue la visita de un par de horas a Huesca el sábado por la mañana, de donde la fina lluvia se fue en cuanto llegamos, otro la elección del Monasterio del Pueyo para la pensión completa, y no menos la visita matinal del domingo a Alquézar, sin olvidar el paso previo por la Bodega Pirineos.

Durante el trayecto hubo más calma que en otras ocasiones similares en las que he participado, tal vez porque la distancia fue menor. A la ida, quitando el ratito de la colecta y los partes de viaje a cargo de Javier, el personal alborotó poco. El autobús, muy nuevo, era tan completo que tenía junto a la puerta central una cabinita para aguas menores que estuvo muy solicitada. Parecía una taquilla para guardar aceite, porque la puerta tenía un letrero que decía ³oilette², pero un astuto observador se dio cuenta de la pérdida de una t inicial. A los que ocupábamos asientos cercanos nos ayudó a pasar el rato el animado tránsito de vejigas repletas. A partir de la tercera micción ya sabíamos perfectamente cómo se abría y cerraba la puerta, así como el sistema de luz interior. Guardo un recuerdo muy cariñoso hacia el campeón del cubículo, un chavalillo rubiales que lo usó con insistencia como vomitorio, acuciado por ese mareo tan molesto que yo también sufría a su edad. Así fuimos llegando a Zaragoza ¡Mira, un avión! y luego a Huesca ‹¡Mira, un globo!, exclamaban sorprendidos los hijos de Michel al ver por la ventanilla los artefactos voladores. Ni sus exclamaciones despertaban a Taquio.

Poco después de las diez y media llegamos a Huesca según lo previsto. El imprevisto, que nunca falta, fue que por la calles que llevaban a la oficina de información siguiendo las señales indicativas no cabía el autobús. Hubo que retroceder y en esta maniobra encontramos un coche de la policía municipal, que, no sin mediar un buen rato de plática, nos condujo por una ruta alternativa al punto de encuentro. La Guía número 1,, una muchacha alegre, nos perdonó el retraso y se dispuso a conducirnos hacia San Pedro el Viejo, un conjunto de iglesia y claustro románicos de indudable interés. El grupo no era fácil de dirigir, andábamos como difusos y dispersos, muy distintos de los grupos de turistas japoneses disciplinados. Para colmo, el camino que nos conducía hacia el románico atravesaba la plaza donde se había instalado un precioso mercadillo medieval en el que destacaba un puesto de dulces, con barquillos y canutillos, éstos podían ser huecos o rellenos de crema o chocolate. Allí perdimos más tiempo y unos euros, a cambio, que para eso era un lugar de mercadeo, de satisfacer la gazuza o la golosía. La Guía número 1, sin perder la sonrisa, nos arrastró hasta la iglesia más antigua y nos leyó desde el exterior lo que en el paño de la puerta había escrito la historia. No pudo pasar de allí. Notable fenómeno el de las guías turísticas oscenses, capaces, doctas y especializadas como corresponde a una ciudad doblemente universitaria, sertoriana y cesaraugustana, algunas tienen territorios en exclusiva. Explicar el interior de San Pedro el Viejo estaba reservado a la Guía número 2, correcta y erudita a la par que austera de palabra, obra y un puntito severa. Naves, retablo con óculo, pinturas murales, capiteles, relieves romanos reutilizados, todo contado como por caridad. Bienaventurados los ignorantes porque ellos tiene más que aprender. Amén. No recuperamos ni un minuto, así que a la salida, cuando retomó el mando de nuestro grupo, la risueña Guía número 1 nos siguió perdonando el retraso pero nos puso como penitencia no visitar el museo para ajustar el recorrido al tiempo disponible. Nada de museo, sólo veríamos lo más importante, la catedral y el ayuntamiento, las casas los dos poderes, el cura y el alcalde, don Camilo y Pepone en la deliciosa versión novelada de Guareschi. Lo dejó bien claro mientras seguíamos cuesta arriba, nada de museo.

contaros mi aflicción íntima durante estas primeras rampas turístico-culturales por la histórica Osca. Yo soñaba en este viaje con mi Huesca infantil condensada en tres palabras: campana, castañas y, sobre todo, pajaritas. A la ida tuve la tentación de acercarme junto al conductor, coger el micrófono previo permiso de Javier y Pepe, por supuesto y contaros mi historia de Huesca. Pero lo pensé dos veces y me abstuve. Si las castañas y las pajaritas no figuraban en el programa, no era yo quien para cambiar una hoja de ruta bien diseñada. Lo segunda razón fue que las historias favoritas de cada cual pueden no interesar a los demás. Cuando bajamos del autobús en la plaza, seguimos por una calle con porches, que ¡era la calle de las castañas! si es que seguía allí la pastelería tradicional; pero caminábamos programados por la acera de enfrente y yo no podía proponer un alto en el camino; tal vez a la vuelta, pensé. De todos modos me consolaba que aún me quedaran la campana y, sobre todo, las pajaritas. Le pregunté a la Guía número 1 si nos iba a llevar al parque para ver las pajaritas, no quedaba el parque en la ruta prevista pero, me dijo, veríamos las dos pajaritas originales en el museo. Bendito museo, con la campana y las pequeñas pajaritas originales. Pero después del parón en el mercadillo ya no iba a suceder así ¡nada de museo, no hay tiempo! Nada es más implacable que el tiempo ni más irreparable que haberlo perdido. Las ramas bajas de los plátanos que no dejaron paso al autobús, el tentador mercadillo medieval, la Guía número 2 que no resume y el tiempo, impasible a estos obstáculos, borraron el museo del programa, así que me quedaba también sin campana y sin pajaritas. Para mí Huesca no es lo mismo sin sus tres palabras.

Con el ánimo decaído se me hacía más pino el camino hacia la plaza de los dos poderes. El museo quedaba más allá, fuera del tiempo, con su campana y, sobre todo, las dos pequeñas pajaritas originales. Andaba mi ánimo negro, como chamuscado, cuando se apareció Lorenzo, el santo patrón de Huesca y de los emparrillados, poniendo de nuevo la situación a mi favor. Bendito seas Lorenzo y gracias por disponer un bautizo en la catedral y una boda en el ayuntamiento. Así, por tu intercesión, el plan tuvo que rectificarse y sí fuimos al museo. Antes de entrar contemplamos en el horizonte el embustero salto de Roldán, más bien de su caballo, que marca el acceso al Pirineo y los restos del castillo de Montearagón, el sucesor de Loarre, que domina la Hoya de Huesca. Ocupa el museo un edificio de la antigua universidad adosado a los restos del palacio medieval, que incluyen la sala donde Ramiro el Monje fabricó una campana descabezando nobles, con un obispo por badajo, que así era entonces el poder terrenal y divino. La Guía número 1, que sí tenía derecho a explicar el museo, continente y contenido, puso un énfasis especial, a pesar de los goyas, en un cuadro autobiográfico en el que el artista pobre y amante representaba el momento en que fue rechazado por la señorita pudiente y amada, ambientado el fracaso amoroso en un paisaje campestre en apariencia amable, pero que dibujaba disimulada la calavera del amor difunto. A manera de ejemplo, hileras de gráciles pajarillos en vuelo eran las costuras que sueldan el hueso frontal con el parietal y el temporal. Estos detalles ocupaban la atención del espectador cuando examina el cuadro de cerca, pero la calavera va surgiendo nítida a medida que el espectador toma distancia. Curioso el cuadro, pero me gustaron más las dos pequeñas pajaritas metálicas originales que se miraban de frente, las pajaritas originales de Acín, el gran artista anarcosindicalista fusilado en las tapias de Huesca, dicho sea en honor a la memoria histórica republicana. Un liliputiense que se hubiera colado en la urna de cristal las vería tan grandes como yo recuerdo a las gigantescas pajaritas del parque de Huesca que llenaron de sueños mi primera infancia.

barcopapel   barcopapel

Visto el museo, volvimos a la plaza de los dos poderes, el ayuntamiento seguía ocupado por el bodorrio y el bautizo concluyó mientras veíamos el museo diocesano, también permitido a la becaria, que nos paseó por sus tesoros. Luego, de nuevo la simpática y bien documentada becaria, tan maja, tuvo que ceder el turno a una colega con más escalafón que tenía la exclusiva catedralicia. La moza se despidió porque podríamos volver al autobús solitos, era fácil, todo cuesta abajo. La Guía número 3 ofrecía un nuevo estilo, también erudita, seguro que diplomada por dos universidades, y con capacidad de síntesis: como tenéis prisa, haré un resumen. Pero lo que más me impactó fue su porte tecnológico. El megáfono ya no mola, rodeaba su mandíbula un fino y largo tubito en cuyo extremo un micrófono minúsculo buscaba su palabra para transmitirla a un altavoz ovalado sujeto a su cintura. Así, su voz amplificada llegaba al grupo de turistas sin forzar las cuerdas vocales, lo que no permite el sindicato vigilante de la salud laboral. Quizás he mentido un poco y no debo hacerlo, menos en una catedral. Eso de la cintura era hace unos años, a las chicas de hoy se les cae todo lo que antes iba por la cintura, tanto que el altavoz delantero ocupaba una posición estratégica en la anatomía. Me resultaba fascinante que saliera por ahí la voz que llamaba nuestra atención sobre el óculo de la capillita sagrada oculta tras el retablo, la mística produce estas fantasías. Por cierto, el retablo es una joya blanca de alabastro y de Forment, de los dos. De vuelta al autobús hice una veloz escapada para comprobar que la pastelería de los porches sigue allí, con sus atractivas castañas en el escaparate.

De Huesca a Barbastro, hacia el este, con las primeras arrugas del terreno prepirenaico a la izquierda, el camino era breve pero urgente, los horarios monásticos son severos y llegábamos justito a comer. Unos kilómetros antes de Barbastro, cerca de la carretera, busca el cielo un monte cónico más alto que el Corvo, que se fastidienen cuya azotea los benedictinos elevaron el Monasterio del Pueyo, un lugar muy singular y hermoso al que el autobús sube gracias a la potencia de sus motores y a la pericia del conductor, un Ángel, pasando apuros en las últimas rampas y curvas. Cuando el cambio climático produzca el próximo diluvio, el monasterio será una isla. En su día albergó una comunidad completa, con los frailes mayores educando a un buen número de novicios. Ahora está vacío, al cuidado de dos religiosos y del personal de apoyo que mantiene el señero edificio para servicios ocasionales de culto o albergue. El plan de alojamiento es de tipo autoservicio. Llegas y te mandan al tercer piso donde, junto a la escalera, hay una mesa cubierta de juegos de cama y toallas, coges tus piezas y te vas pasillo adelante a tomar posesión de una habitación, como los colonos de las películas del oeste. La sorpresa llegó cuando comprobamos que en el tercer piso no había sitio para todos, ocupadas al completo sus habitaciones quedaba en el pasillo un póquer de gente, parejas y tríos, con maletas, sábanas y toallas. Bueno, dijo Javier, ocuparemos otros pisos, pero una de las señoras que atienden el ilustre hostal nos recordó que nuestra planta era la tercera. Había que esperar, unos andaban preparando sus habitaciones y otros en el pasillo con maletas, sábanas, toallas y cierta cara de preocupación. Entonces apareció el padre Juan, nuestra desazón había llegado hasta su mesa interrumpiéndole el almuerzo. Su aspecto sonrosado delataba que no se trataba de una frugal colación, que no tocaba ese día, luego nosotros también comimos muy bien. Nos confirmó que las otras plantas estaban ocupadas pero que la solución se encontraba allí, en la tercera que nos habían asignado, aunque no nos habiéramos percatado de ello. La solución del padre Juan era peculiar y hubiera sido aceptada por gentes sencillas, pero los de Logroño, muy nuestros y con buena renta, exigimos un mínimo de confort. Cierto es que al buscar las habitaciones que faltaban vimos una sala enorme con un centenar de literas dobles alineadas, pero no nos habíamos dados por aludidos ante esa amplia oferta de servicio. Suponíamos que eso sería para cuando vayan de excursión los infanticos que cantan a coro a la Virgen del Pilar u ocasiones similares. Efectivamente, el padre Juan no pensaba en ese almacén de literas para nosotros, pero le extrañó que no hubiéramos ocupado los camarines, con camas suficientes para todos. No diré un motín porque en verdad que no lo fue, pero el plante del personal de pasillo fue notorio mientras los más agraciados hacían sus camas. Sólo Rubén, que con su enorme bondad es lo más parecido que hay en el club a un infantico, no hizo ascos a un camarín. Por cierto, las habitaciones de verdad tenía lavabo y el resto de los servicios higiénicos estaban en los pasillos para uso común. Esto sí se aceptó con cierta naturalidad, porque hay confianza y en los viajes de bajo coste no se puede pedir de todo. Quizás yo hubiera preferido ser avisado de esta circunstancia para disponer de mi pijama de satén y la bata de seda, que quedaron en casa. Pensaba esto mientras miraba los camarines, porque Vega y yo estábamos en el pasillo, con la maleta, las sábanas, las toallas y la cara de circunstancias. En la tercera planta, el ala del edificio que apunta al oeste tenía a la izquierda una serie de hermosas habitaciones, todas ocupadísimas por los colonos más rápidos, con espléndidas vistas hacia la llanura. Frente a ellas, el amplio espacio restante estaba compartimentado hasta media altura, sin llegar al techo, mediante tabiques de menos dos metros, en estancias pequeñas sobre las que se extendía un aire diáfano común a todas ellas. Los llamados camarines eran esas cabinas socializadas por arriba, cada uno con su litera de dos pisos y una mesilla sobre la que tendría que hacer apoyo quien pretendiera subir a la cama superior, y poco más, ni siquiera lavabo, ni mucho espacio para moverse, como en la toilette. A cada camarín se accedía no por el espacio libre superior, que hubiera sido cosa de alpinistas, sino de un modo normal, por una apertura rectangular en el tabique, pero que no se cerraba con una puerta normalita, con sus bisagras y otros complementos, sino mediante una graciosa cortinilla corredera de tela. Sé de una candidata a camarín que se sintió especialmente irritada por el detalle de la cortinilla. La situación no era cómoda y el bondadoso padre Juan pidió tiempo muerto, todos a comer, que ya íbamos con retraso. Luego enfocaríamos mejor el asunto, decía. Camino del comedor, y aun dentro de él, los más desconfiados del sector pasillo pensaban en las comidas de negocios: ahora nos ceban, nos embriagan, y nos hacen firmar los camarines. Resistir era la consigna, apoyada por la constante negociación de la directiva, que llevó al éxito. Al final de la comida teníamos habitaciones de verdad, con ventana y lavabo. Se logró con el mazo dando, pero algo hubo también de concesión divina. Unos atribuyeron el milagro a san Benito, cuya imagen presidía el comedor, otros pensaron en el propio padre Juan, que va haciendo acopio de méritos para su canonización. Pero a los corredores del pasillo, el milagro no les privó del nudo de nervios que les perjudicaría la digestión y, a la postre, el rendimiento en carrera.

Comimos tarde y bien, paella, filetes empanados, regados con agua y vino de la zona, negro y astringente, acompañado de gaseosa a voluntad, de postre fruta natural y café. Y, detalle importante, con servilleta de tela, que teníamos que reservar en un casillero para las comidas sucesivas. Raquítica fue la siesta que prometía el programa, la comida pedía más reposo, íbamos a llegar a la carrera como buitres que apenas pueden levantar el vuelo, sobre todo los del pasillo, con sus nervios en el estómago. Pero allá que fuimos, los del autobús, los que se incorporaron en sus coches a la comida y otros que llegaron directamente en Barbastro. El Club Maratón Rioja tuvo una presencia numerosa en la carrera del Somontano. Se decía que este año había más corredores que nunca y que hacía un calor anormal para la fecha, lo que haría más difícil correr a las seis de la tarde. Pese a todos los inconvenientes se cumplió el expediente deportivo, con registros de aliño en muchos casos, si más novedad digna de mención que el ejercicio de supremo alcorce de unos pocos, quien esto escribe entre ellos, que no estaban para alardes y dieron media vuelta antes de tiempo. Un último esfuerzo hubo que hacer para subir el repecho que conducía a la ducha, tibia como tantas veces porque los populares agotamos los depósitos de los polideportivos. Una vez aseados y concentrados junto al autobús, partimos de vuelta al monasterio, al que Ángel también subió perfectamente en horario nocturno, con la ayuda de un trébol de cuatro faroles que iluminaba la curva más exigente. La segunda entrada al comedor fue más relajada. Habíamos comprobado antes que nuestras habitaciones no habían desaparecido, nadie se acordaba ya de los camarines con cortinillas, los nervios se habían desanudado. Ahora, con esta calma, se puede observar mejor el comedor, una gran sala orientada al este con un amplio acceso único junto a la cocina, con la que también comunica por una ventana de servicio. Excepto el espacio de acceso y sus márgenes, todo el perímetro está ocupado por mesas, sobre tarima un poco elevada, que tenían espacio para asientos sólo contra la pared, de modo que los frailes que allí se sentaban miraban vigilantes al patio interior del refectorio destinado a los novicios. En un ángulo se sitúa el atril para las lecturas piadosas que debían acompañar la colación. Por encima de la cabeza de los frailes ausentes, las paredes están llenas de cuadros con motivos pictóricos adecuados al recinto. Nosotros ocupábamos en varias mesas casi todo el patio de novicios, sin que nadie vigilara desde el perímetro. En una de ellas se sentaron juntos los chavales, excepto los más menudos que todavía prefieren estar cerca de los papis. Pero se nota que los chicos van creciendo y en el próximo viaje los hermanos Ambrona se sumarán ya a la mesa infantil. De nuevo disfrutamos de una sencilla y sabrosa cocina. Nada más acabar la cena los chavales corrieron a las habitaciones en busca de distracciones electrónicas, pero los demás seguimos de sobremesa dando cuenta de unos licores caseros elaborados por los frailes. Un buen grupo de mayores reacios a retirarse temprano a sus aposentos salió al exterior para terminar los chupitos charlando en corro junto aun gran árbol, con todo el valle iluminado a nuestros pies y una temperatura muy agradable. Rubén se explayó en confidencias ayudado por Yolanda, y también dio a conocer su habilidad para contar chistes de cocción lenta, al contrario que los rápidos y eficaces de Rafita, que los dosifica; pero el descubrimiento de la noche fue Rosa, su mujer, siempre dispuesta a la porfía y con la máxima calidad.

Cerrada la noche nos recogimos. ¡Qué sacrosanta impresión al entrar a la habitación, inundada por una intensa luz blanquísima en la que resplandecía la señora con el niño en brazos, fijando ambos su mirada en nosotros, recién llegados, paralizados en el quicio de la puerta! Ha habido ocasiones en la historia en las que tras una aparición similar se ha erigido en el lugar un templo para peregrinos, pero como allí ya había de todo la cosa no fue a más. Recuperados de la impresión, Vega y yo cerramos las contraventanas para librarnos del potente foco que iluminaba la fachada del monasterio colándose a raudales en la estancia. Nos dispusimos a pernoctar con sosiego, pero un cierto rescoldo de inquietud aún se resistía en mis entrañas y me obligaba a examinar con detalle la habitación tan arduamente conseguida tras el amago de los camarines, por si escondiera alguna otra sorpresa. Una mesilla separaba dos camas iguales y paralelas. El esquema geométrico se repetía en la pared de cabecera, ocupada por tres cuadros, dos grandes, uno sobre cada cama, y otro menor sobre la mesilla. El pequeño del centro era un bodegón en tonos oscuros, con frutos secos y frutas que parecían secas. Sobre las camas dos cuadros grandes e intensos. La madre y el niño en uno ellos, cada cual con su corazón rojísimo ardiendo fuera del pecho, pero ellos indiferentes al incendio con unas caritas graciosas y el gesto amable. El corazón infantil estaba atenazado por una corona de espinas incombustible y el de la mamá atravesado por una fina espada toledana, con la inclinación justa para no ensartar también al corazón infantil, evitando el feo aspecto de una brocheta de menudillos. ¡Lo que saben los artistas! El abad retratado en el otro cuadro, que no hacía alarde de su corazón inflamado, tenía un rostro amplio, ancho y regordete, que no irradiaba santidad ni inteligencia en exceso, pero esas y otras virtudes estaban expresivamente concentradas en una circunferencia de dorado intenso que, bien anclada en el cuello, rodeaba su cabeza. ¡Lo que saben los artistas! No sé si Taquio y Aguado habrían compartido estas sutilezas analíticas mías. En definitiva, la simbología no dejaba lugar a dudas, la cama de ella y la cama de él, como en las toilettes, Vega bajo la maternidad y yo a los pies del abad. El sueño que dormía al Somontano trepó por las laderas del monte y nos alcanzó.

¡Qué saludable fue el breve paseo matinal! Una vuelta exterior al monasterio, una circunferencia completa toda ella mirador, y las cumbres del Pirineo en el fondo norte tapadas por un frente de nubes, qué lástina. Luego tomamos un completo desayuno en el refectorio y otra vez al autobús después de esperar al último pasajero, que se repitió en esa condición en busca de la Bodega Pirineos, una de las primeras grandes factorías vinícolas del Somontano, de origen cooperativo. Esta vez fuimos nosotros los que tuvimos que esperar a la guía, la número 4 en este viaje, que era más comercial que erudita comparada con las oscenses. Tan pronto por la mañana y ya andábamos con retraso y prisa, así que visita rápida ¡qué nos van a contar de vino a los riojanos!, aunque prolongada por nuestra afición compradora que provocó un atasco en la pequeña tienda, pues unos más y otros menos echamos unas botellas al equipaje.

Mientras remontábamos el cauce ancho del Vero el reloj avanzaba implacable hacia la hora de cita con una nueva guía que nos esperaba en Alquézar a una hora concertada ya inalcanzable. La belleza del paisaje por el que circulábamos culminó cuando nos vimos frente al espectacular pueblo, fortaleza de Guara, coronado por los buitres. El autobús quedó en un aparcamiento desde el que se ve el pueblo de frente, al otro lado de un barranco al que nos precipitamos por unos tramos de escalera interminable que acabaron en la parte baja del pueblo, en una calle de reciente factura que asemejaba un balcón corrido sobre el rincón del valle, por donde el pueblo crece un poco para dar servicio a los numerosos visitantes que atrae su pujanza turística. Allí encontramos a la Guía número 5, una chica joven, con un atuendo ceñido y colorista que acentuaba su aspecto deportivo, no en vano sólo pasear por Alquézar es ya un deporte alpino. Nos concentramos en un mirador cubierto por la copa de un gran árbol y limitado por una barandilla desde la que se veía cómo trepaba el pueblo por la escarpada ladera, con la iglesia fortificada en la cima. Después de una breve introducción a la historia que había dibujado el trazado urbano del pueblo moro y cristiano, iniciamos un recorrido por Alquézar tranquilo pero físicamente exigente porque no paramos de subir y bajar cuestas, y siempre muy hermoso, igual cuando contemplábamos las calles y las casas muy arregladas, que al asomarnos al exterior por el barranco que lleva al final del Cañón del Vero, bajando hasta la fuente y volviendo a subir, descansando frente a un espectacular paredón salpicado de oquedades por el que practican los alpinistas ascensiones de máxima dificultad. Un último repecho nos llevó a la fortaleza dejándonos al fin en la puerta de la iglesia, la Colegiata de Santa María de Alquézar. En el ascenso descubrimos junto a una pared un par de pequeños árboles llenos de pequeños frutos rojísimos como corazoncitos, que Carmen enseguida identificó como madroños. Comimos un puñado de aquellos frutos tentadores a pesar de que alguien mencionó que eran venialmente venenosos. Seguimos subiendo la dura cuesta a pleno sol con cierta congoja al no saber a ciencia cierta si el sudor venía del esfuerzo o del primer efecto el suave veneno. Mari Carmen y Vega se daban breves respiros parándose a cambiar impresiones sobre la jardinería espontánea diseminada por los lindes del camino. Llegados arriba tuvimos que aguardar una miaja porque la iglesia estaba ocupada por el grupo anterior. La sala de espera, al aire libre y con buenas vistas, era un explanada con fuente, una cruz de piedra y un grupo de almendros de origen genético asomados al acantilado. Un cura científico del siglo pasado, mosén Ayerbe, había logrado, antes de la Guerra Civil, una nueva variedad artificial que se adaptaba bien a los suelos y al clima de ese paraje descarnado. Resolvió así un problema científico aplicado dando lugar a un tiempo a otro teológico, al tener que compaginar el progreso material de los lugareños con una total falta de respeto a la creación del mundo. Al fin se abrió la puerta y nos recibió la Guía número 6, otra vez erudita pero más popular, menos joven y con un nítido acento baturro. Entramos por el claustro, con interesante capiteles y pinturas murales; luego pasamos a la iglesia en restauración, con el óculo del retablo oculto tras el andamio, pero visible en su capilla el Cristo románico de gran tamaño, con los pies clavados en paralelo como en la Catedral de Colonia que Vega y yo habíamos visitado pocas semanas antes. Un museo tan inaccesible y estrecho como valioso; completó una visita sorprendente. Sorpresa que no debía serlo porque se repiten mucho por la piel de toro los pequeños pueblos con una riqueza artística que hace pensar en un pasado más floreciente, anterior a los cambios históricos que produjeron las concentraciones urbanas.

A la salida estábamos a la misma cota que el autobús, pero con un profundo tajo en medio, había que bajar fuerte y subir fuerte, con una cervecita apresurada en el descansillo porque de nuevo el horario de comidas monacal apremiaba. En el descenso pudimos disfrutar de otro mirador sobre el Vero, allí donde el río se libera del abrazo estrecho de la roca, con un paredón orientado a mediodía en el que crecen plantas carnosas propias de climas cálidos. A esas alturas de la jornada matinal andábamos sin guía hubiéramos necesitado la séptima, esta vez de ciencias que nos explicara las razones, que las habrá, del microclima que mantiene ese oasis. Ciertamente la fachada de bares y restaurantes que alarga el pueblo para solaz de turistas merecía una atención más pausada, pero el horario era un tirano que apenas nos dejó tiempo para la renovación de líquidos. Escaleras arriba esperaba el autobús y unos kilómetros más allá la cuesta del Monasterio del Pueyo, pero con el esfuerzo de subir a cargo de la máquina rodante.

La tercera comida monástica, tan sabrosa y grata como las anteriores, tuvo un final especial porque era la última. El padre Juan recibió de parte del club un obsequio artístico, de la firma Uzqueda, y correspondió vendiéndonos a precio de amigo un lote de botellas del licor de hierbas del Monasterio del Pueyo, debidamente etiquetado y legalizado, fabricado en otro lugar con alguna vieja receta de los benedictinos, porque ahora el monasterio no tiene artesanos suficientes para la elaboración propia en cantidades comerciales. Antes de abandonar el comedor llamamos a las cocineras para despedirnos de ellas con un nutrida ovación.

Recogidas de maletas pronto estuvimos todos en el autobús, menos el último, pero al fin partimos de regreso bajando el monte hasta llanear por la carretera. Huesca estuvo a la vista, cerca, luego Zaragoza en el horizonte más lejano, y un poco más allá, tras un viaje tranquilo, entramos en Logroño. Llegados al punto final nos fuimos desparramando sobre la acera inundando la calle, cruzando despedidas llenas de pronósticos sobre la próxima excursión. Poco a poco fuimos desapareciendo, cada uno a su refugio particular.

El autobús también partió con su conductor solitario, vacío de pasajeros. En el ajetreo del desalojo una botella se rompió esparciendo el licor de hierbas por el suelo, que quedó algo pegajoso y muy bien aromatizado con olores lejanos a matorral somontano. En los hangares de la empresa lo dejarán como nuevo para que los próximos usuarios no encuentren ni rastro de su anterior servicio. Pese a su aspecto impersonal, el autobús va acumulando secretos, sólo el de Barbastro lo comparte con nosotros. ¿Quiénes habrán sido o serán sus otros compañeros de viaje, y con qué destino? Me gustará conocer la historia del autobús, de sus viajes y viajeros, cuando sea viejo y tosan sus cilindros, porque el autobús sí que fuma.

Todavía no se conocen la fecha y el destino de la próxima escapada, pero dicen que ya se están cubriendo las plazas. ¡Espabílate socio!

Luis Español. 7 de diciembre de 2006.
Foto de Barbastro

Página Principal del Club Maratón Rioja

Crónicas de un Club

Iniciar sesión registrada

Logo Arsys

Sitio Web alojado por gentileza de

Arsys Internet S. L.