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Crónica del Ultra Trail de Mont Blanc

Domingo, 29 de agosto de 2008

17 horas, falta una hora y media para que empiece la carrera, sin embargo el cajón de salida ya está casi lleno de corredores sentados en el suelo. Yo opto por tomar un café sentado en la terraza de una cafetería acompañado de la familia que me acompaña. Mientras estoy sentado veo a algunos conocidos: Eduardo Marquínez con el que he corrido en tantas ocasiones por el Pais Vasco, el gran corredor de fondo Jordi Aubeso, Salvador Calvo y Cañorroto con los que coincidí en la carrera  Valgrande-Pajares. Salvador terminará en el puesto nº 13, Aubeso y Cañorroto abandonarán y Eduardo terminará a las 2 h. 30 mn del domingo.    

    

A las 18 horas me acerco al cajón de salida. Ya está abarrotado de corredores. Se siguen los discursos de políticos y responsables deportivos de los tres países por donde transcurre la carrera. Entre discurso y discurso suena la música de Vangelis (Carros de Fuego; Carmina Burana). Se me pone la carne de gallina y los pelos de la nuca se erizan de emoción. Es el momento de pensar en lo que he pasado para poder llegar a este momento en condiciones de terminar una carrera de estas características: 166.400 m., 9.400 m. de desnivel positivo y naturalmente otros tantos de desnivel negativo. Pienso en esa travesía que hice en solitario entre Ezcaray y Villoslada subiendo a las tres cotas más altas de La Rioja (San Lorenzo, Urbión y La Mesa en la Sierra Cebollera);120 km. y 20 horas y cómo no, esa carrera por tierras asturianas (Valgrande-Candas) llevando el dorsal de nuestro compañero Pachi que él hubiera querido llevar pero no pudo con la emotiva llegada a Trubia donde me esperaban las chicas de la Asociación Cultural con los dorsales con la foto de Pachi y cada uno con una letra de su nombre y al día siguiente la entrega en Candás de la placa en homenaje póstumo a nuestro compañero; fueron dos días muy emotivos de esos que nunca se olvidan.

Con estos pensamientos la espera se hace más corta. Llega la hora de salida y empieza la gran aventura. Los primeros 8 km. son en ligera bajada y se hacen muy rápidos. En Les Houches empieza la primera cuesta. Es la subida a La Charme, son 800 m. de subida y 1000 de bajada que nos lleva a Saint Gervais, el punto más bajo del recorrido. En la bajada se nos hace de noche y hay que colocarse el frontal.

Entre Saint Gervais y Les Contamines la ruta transcurre con continuos toboganes pero sin grandes desniveles. A los 4 km. de esta localidad empieza la gran subida a la Croix de Bonhome (2.479 m.). El último tramo es muy empinado y como la senda es muy estrecha se producen retenciones que aprovecho para mirar hacia atrás y ver la larga fila sinuosa que forman los cientos y cientos de luces de los corredores que vienen detrás. Es un espectáculo fascinante en la oscuridad de la noche. Viene después el descenso hacia Les Chapieux que es también muy empinado y hay que mirar muy bien donde se ponen los pies para evitar un mal paso.

La salida de Les Chapieux es por un buen camino y al principio no muy empinado. De pronto noto que voy haciendo eses. Es el sueño; tomo un gel con guaraná y la cafeína hace inmediatamente efecto y la verdad es que para acometer el último tramo de subida al Col de la Seigne (2516 m.) necesito estar despejado, pues es muy abrupto y con grandes escalones que hacen sufrir a mis rodillas recientemente operadas. Estamos ya en Italia. En la bajada a Lac Combal es parecida a la anterior, un poco más corta. En el avituallamiento de Lac Combal me encuentro con Jordi Aubeso y me extraña mucho, pues es uno de los que podría optar a uno de los primeros puestos. Me dice que no se encuentra bien y que se va a retirar.

Sigue un pequeño tramo llano antes de empezar la subida al Mont-Fare (2435 m.) seguida de la bajada más larga y empinada hasta Courmayeur (1190 m.). Tenemos una ventaja en esta bajada; está amaneciendo y podemos ver mejor donde ponemos los pies y como el camino no es tan malo permite hacerlo más rápido. A las 7 pasadas entro en Courmayeur donde me está esperando la familia. César me está esperando en la entrada de la ciudad y me acompaña hasta el polideportivo donde tengo una bolsa con ropa, zapatillas y comida. Los italianos son muy estrictos y no dejan entrar a los acompañantes al avituallamiento. Opto por seguir con las mismas zapatillas y no hago más que reponer algunos geles que he utilizado en las subidas. Voy a los avituallamientos a reponer fuerzas. Con mi plato de macarrones me acerco a sentarme a una mesa enfrente de unos corredores que veo con la ikurriña con la idea de charlar con ellos. Me doy cuenta antes de dirigirles la palabra que vergonzosamente llevan doblado el dorsal para esconder la bandera de España, todos los dorsales llevan la bandera del país de origen del corredor, y yo además llevo en la cabeza una cinta con la bandera de España, así que opto por callar pero allí me quedo con la bandera de España bien visible en mi cabeza.

Salgo del Polideportivo, charlo un momento con Bego, César y Fernando y continúo la carrera. César me acompaña hasta la salida de la ciudad donde coincido con Eduardo y nos hacemos una foto con las montañas blancas al fondo. Iniciamos juntos la subida al Refugio Bertone. Es una subida empinada pero sin complicaciones; de aquí al Refugio Bonatti son 8 km. de terreno llano que transcurre a 2000 m. de altura y con una panorámica excepcional del Macizo del Mont-Blanc. Un profundo valle nos separa de la ladera del Mont-Blanc por la que descienden larguísimas y veloces torrenteras que bajan de los glaciares al valle. Es uno de los momentos más bonitos de la carrera. Pasado el Refugio Bonatti bajamos al Valle de Arnuva para a continuación iniciar la subida al techo de la carrera; es el Gran Col Ferret (2537 m.). La subida es muy empinada y se hace más costosa debido al calor que empieza a apretar. La bajada a La Fouly se hace por buen camino al principio, que se va haciendo más abrupto al final. La Fouly es el primer pueblo suizo por el que pasamos. Aquí los organizadores son menos estrictos y dejan a los familiares estar con los corredores mientras nos avituallamos. La entrada y la salida la hago acompañado de César y Fernando que van completando su reportaje de fotos. En el pueblo me espera Bego. Estos reencuentros con la familia son emocionantes y me dan nuevas fuerzas.

Tras reponer fuerzas continúo el siguiente tramo que me llevará a un lugar realmente encantador. Si no viviera en Logroño me gustaría vivir allí. La ciudad se llama Campex-lac, está a 1477 m. con un lago en la misma orilla, grandes prados verdes y rodeada de montañas altas con nieves perpetuas y otras más modestas pero también más verdes y más placenteras de subir. Me cambio de zapatillas buscando una suela más rígida pues me han dicho que hay un par de subidas con muchas piedras. A la salida del avituallamiento más fotos. Quedan 43 km. La familia quiere estar esperándome a la llegada, así que quedamos en que yo les llamaría en el último avituallamiento y que si no ellos se levantarían a las 3. Son las 19 h. y 8 horas es un tiempo en el que puedo terminar. A la salida de Champex-lac hay unos km. de ligera bajada y a continuación viene la subida a Bovine (2000 m.). A poco de iniciar la subida me tropiezo con tres corredores que hacen el camino en sentido inverso, es decir, que abandonan. Enseguida comprendo por qué, la senda o lo que sea se mete en una torrentera con piedras enormes que dificultan la subida, los bastones solo sirven de estorbo, mis rodillas empiezan a sufrir al encaramarme por aquellas rocas. Cuando estoy casi arriba se hace de noche y vuelta a ponerme el frontal. Empieza la bajada a Trient; noto que una zapatilla se me sale; miro hacia abajo; ¡no puede ser, se me ha roto el cordón¡. Las zapatillas tienen unos cordones delgados que no consigo meter los que llevo de repuesto por los agujeros tan estrechos de las zapatillas; tengo que bajar con la zapatilla suelta. Intento trotar un poco, pero el pie me resbala y choco con los dedos en la delantera. El suelo está lleno de raíces resbaladizas; en uno de los resbalones se me rompe el cordón de la otra zapatilla. La bajada se hace cada vez más penosa. La planta de los pies se me recalienta. La punta de los dedos sobre todo los gordos me empieza a molestar. Paso a paso consigo llegar a Trient. A ver si aquí consigo arreglarlas. A duras penas consigo hacerme entender. Al fin uno de la organización me coge las zapatillas y se las lleva a casa para intentar arreglarlas. Misión imposible; el mecanismo de atar es complicado y no hay cordones que entren por aquellos agujeros. Debe de habérseme quedado una cara lamentable, pues el mismo buen samaritano me trae unas zapatillas suyas para que pueda continuar. Cuando es la una y diez de la madrugada salgo de Trient con las zapatillas prestadas. Han sido 6 h las que he empleado para recorrer 16 km. así que ya no pienso en hacer un buen tiempo, solo en terminar cueste lo que cueste.

La subida al Calogne (2000 m.) la hago bastante bien. La bajada como los dedos y las plantas de los pies están resentidos es muy penosa. Tengo que bajar muy despacio para evitar los resbalones. Llego Vallorcine a las 3 h. 15mn. Llamo a la familia para decirles que duerman tranquilos que la cosa va para largo; me quedan todavía 18 km. y los pies los tengo muy dañados.

A las 3h. y 30mn. inicio la ascensión (la última) a la Tete aux Vents (2130 m.). La subida es muy empinada y con escalones muy altos, fatales para mis rodillas. Vienen después 4 km. en ligera bajada hasta La Flegere. El terreno es pedregoso y como las zapatillas tienen la suela demasiado blanda mis pies sufren lo indecible. Llego a La Flegere (1877 m.), el último avituallamiento a las 7 h. 20 mn., ya solo quedan 6 km. en bajada. A las 7 h. 30 mn. junto a un español de Jaen me encamino hacia Chamonix. El andaluz también tiene las rodillas fastidiadas así que hacemos casi todo el recorrido juntos, muy despacito para no resbalar y tratando de que los pies sufran lo menos posible. Charlamos y descubrimos que hemos corrido juntos en varias carreras, la última muy reciente; los 101 km. de Ronda y que habíamos llegado también casi a la vez con solo 5 mn. de diferencia. A los dos km de bajada me tropiezo con mi hijo César que no podía aguantar la espera y ha salido a buscarme. No para de animarme y explicarme cómo es el camino que me espera. Yo trato de trotar pero me es imposible; los resbalones en la gravilla y el impacto de las plantas de los pies en el suelo me hacen ver las estrellas. César aprovecha para ir haciéndome fotos en la bajada. Poco antes de llegar a Chamonix el andaluz se adelanta. A las 9 h. 20 mn. llegamos a la entrada de la ciudad. Empiezo a trotar; el dolor en los pies al principio es insoportable, pero allí está César animándome y también las gentes de la ciudad; cerca de la meta oigo una voz que me anima por mi nombre; es el compañero andaluz con el que he hecho gran parte de la última bajada; está orgulloso envuelto en la bandera española; estoy tentado de pedírsela para entrar en la meta ondeándola, pero lo veo tan satisfecho que no quiero ponerlo en el aprieto de tener que desprenderse de ella. Por fin ya al lado de la meta veo a Bego y a Fernando. Es curioso, ya no siento dolor en los pies. La meta ya está aquí. El juez de llegada me pasa el controlador por el chip del dorsal. Suena el pitido que indica que he pasado correctamente todos los controles. La aventura ha terminado. He llegado en el puesto 462 y el 7 de mi categoría.

Goyo Ascacíbar. Agosto 2008.

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